
El presidente Donald Trump habló ante la Asamblea General de la ONU.
Estoy buscando el calificativo exacto, la palabra justa, para describir la reacción que me produjo este discurso, y debo confesar que no la encuentro.
Una primera reacción: Fue un discurso demoledor en sus críticas a Naciones Unidas de todo tipo, con ataques también contra China y Rusia y por supuesto en contra una vez más de sus propios “aliados” europeos.
Hubo tres referencias a América Latina: una primera positiva en relación con El Salvador; una segunda de tono abiertamente crítico y amenazante hacia Venezuela, vinculada al narcoterrorismo (voy a seguir bombardeándolos); y una tercera sobre su breve encuentro con Lula (al cual calificó de positivo, me cayó bien, dijo) y su anuncio de que la semana que viene habrá una conversación entre ambos, si bien al final dijo que a Brasil le iba mal y que le seguiría yendo mal si no mejoraba su relación con Estados Unidos.
Trump lanzó además dos recomendaciones claras al resto del mundo: cierren sus fronteras para combatir la inmigración y abandonen toda política de energías renovables o verdes, desestimando el cambio climático como un “bulo”.
El resto fueron críticas aquí y allá a Biden e incluso a Obama y una larga, larguísima enumeración de autoelogios que alcanzó su punto culminante cuando afirmó haber pacificado siete guerras en solo 6 meses (un récord, dijo, que ningún otro presidente, ni primer ministro, logró antes en la historia) y, en consecuencia, dijo considerarse merecedor del Premio Nobel de la Paz.